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Cobijar tempestades,
ahuyentar este oficio
que anticipa el olor de los muertos
ha sido mi consigna:
escondida esperanza,
remendando laderas de cristal,
construida en niebla que arde.
Olas escuchan de lejos mi queja,
sonido que nos mece de austero
y se pierde en noches ya no propias.
Contemplo tu viaje interior
cuando te ausentas limbo;
tú piensas sueños,
yo los convoco,
espectadora que intenta remendar tu vuelta,
percibir nuestras voces fuera
diluyendo la conciencia,
los adioses que me siguen
cuando las palabras fallan.
La ventisca es real,
y el cielo como un prado
me dicta que no hay lugar para nosotros;
la temeraria consigna
hace sacar mis garras,
flameando la idea
de que pudiera ser mejor la muerte.
Pero la idea se extingue
perturbada por la injusticia divina.
Mi espíritu ocioso
intenta sacudirse,
desdeña tu influjo,
y cambia mi laúd de tono
sombreado de ti.
Convoco al minotauro fugitivo
que a diario me roba el sueño
con solemne espíritu servil,
y viene de nuevo el reclamo que me hace caer:
él era la medida para todas mis cosas,
y su brecha hoy es tan árida
como inagotable.
La travesía llega a su fin,
evadirla sería sofocar mi embriaguez de realidades.
Me quedo a convocar la caridad,
a intentar enterrar dolores y remordimientos,
para llegar a la cima del relato.
Esa pudiera ser mi ruta
como devota que siempre ha creído en sus dioses;
evocar la asunción del perdón,
ensayar formas besos nuevos.
El zumbido me vuelve tirante.
Mansa, acomodo los dinteles
que darán el trazo exacto,
diluyendo temores:
profanación de la estadía en tu cuerpo.
Gestos desconocidos
abogan por encontrarte,
labran el momento,
guardan luto por tu vacío,
entumen la vida en mi lengua
dejando las caricias recién hechas
largo olvido por un rato.
envio Portal de poesia.
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